El argumento (es un decir) suele girar en torno a que se monta un gran lío en el que participa toda una ensalada de personas e instituciones. El astuto protagonista e investigador da con un gran secreto que al final se pierde en la noche de los tiempos. Todos nos quedamos con un palmo de narices. Pero eso sí, nos hemos leído un novelón de más de 400 páginas y engrosamos la magra estadística de los que leen.
Recuerdo que el primer libro parecido a algo de esto que leí fue ‘El péndulo de Foucault’, de Umberto Eco, pero claro, Eco sabe tanto y con tanta profundidad que cualquier parecido entre ese libro y los que, copiándolo, lo han sucedido, es mera casualidad. No tengo empacho en confesar que a mi ‘El péndulo de Foucault’ me resulta ininteligible en una gran parte.
Para terminar: uno de esos libros que he acabado leyendo se llama 'El enigma Cervantes', y solo sirve para que aquí ofrezca una poesía sobre Cervantes, sin enigma ninguno.
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ELOGIO A CERVANTES / Publicado en el diario ‘La Prensa’ del 23 de abril de 1916
Una lengua, una historia, una casta bravía
concibieron los siglos en un sueño ancestral
y la raza española fue como una ironía
de los siglos obsesos por un raro ideal.
Gesta de aventureros, hijodalga porfía
por alguna quimera, cruzada medioeval
y más tarde los libros de Caballería
forjando la locura del hidalgo inmortal.
Cervantes tuvo para su tristeza imprecisa
el antifaz de seda de una amarga sonrisa
y la heroica epopeya de La Mancha escribió,
pues fue porque este símbolo magnífico existiera
y un libro de Cervantes al mundo le dijera
que el sueño de los siglos una raza creó.
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