Lo llaman el mercado del jabalí, allá en Florencia y venden hortalizas. Queda a la espalda del palacio de la Señoría, o al menos así lo recuerdo yo, y se compone de una airosa logia en cuyo límite descansa, como si vigilara, la figura del jabalí que da nombre al mercado en que venden los zucchini y sus flores, las calabazas, los tomates y las achicorias.
Es una hermosa figura de bronce, podéis verla en la foto y no es difícil encontrarla. Lleva allí desde el siglo XVII, de la mano de Pietro Tacca, que la copió de un modelo griego antiguo. Y este es otro modelo o copia, ya que el original se guarda en el Museo Bargello. En 1962 se hicieron otras quince copias, es decir, formaron una piara y luego la desmembraron; uno de sus miembros vino a parar al Museo Cerralbo de Madrid.
Como todos estos tótems que vienen de la antigüedad, y cuyo sentido apenas percibimos ya, encierra misterios añosos: el peludo animal solitario representa la autoridad espiritual y puede evocar el apartamiento del druida o el brujo de la tribu. A él se opone el oso, emblema del poder temporal (y de tantas prosapias ilustres y poderosas en su tiempo).
En la Grecia antigua, de donde procede el modelo, se acosaba y daba muerte al jabalí, y también en Galicia: lo espiritual acabado por lo material.
Un gran jabalí aparece también en los trabajos de Hércules, y de jabalís, como animales místicos o legendarios, se habla en la tradición hindú, en la budista, en la cristiana, para la que simboliza al demonio, hozador y lúbrico, apasionado en sus embestidas y ciego cuando arremete.
Pero ocupa el último lugar en el zodiaco sintoísta, como señal de valentía y de temeridad. Y tiene su papel en la antropología china.
Me lo encontré, también convertido en un ser de leyenda, en 'La torre vigía', de Ana María Matute, y aquí os lo dejo.
Es una hermosa figura de bronce, podéis verla en la foto y no es difícil encontrarla. Lleva allí desde el siglo XVII, de la mano de Pietro Tacca, que la copió de un modelo griego antiguo. Y este es otro modelo o copia, ya que el original se guarda en el Museo Bargello. En 1962 se hicieron otras quince copias, es decir, formaron una piara y luego la desmembraron; uno de sus miembros vino a parar al Museo Cerralbo de Madrid.Como todos estos tótems que vienen de la antigüedad, y cuyo sentido apenas percibimos ya, encierra misterios añosos: el peludo animal solitario representa la autoridad espiritual y puede evocar el apartamiento del druida o el brujo de la tribu. A él se opone el oso, emblema del poder temporal (y de tantas prosapias ilustres y poderosas en su tiempo).
En la Grecia antigua, de donde procede el modelo, se acosaba y daba muerte al jabalí, y también en Galicia: lo espiritual acabado por lo material.
Un gran jabalí aparece también en los trabajos de Hércules, y de jabalís, como animales místicos o legendarios, se habla en la tradición hindú, en la budista, en la cristiana, para la que simboliza al demonio, hozador y lúbrico, apasionado en sus embestidas y ciego cuando arremete.
Pero ocupa el último lugar en el zodiaco sintoísta, como señal de valentía y de temeridad. Y tiene su papel en la antropología china.
Me lo encontré, también convertido en un ser de leyenda, en 'La torre vigía', de Ana María Matute, y aquí os lo dejo.
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LA TORRE VIGÍA / Fragmento. Del libro ‘La torre vigía’. Lumen, 1997
Ocurrió el hecho de la siguiente forma: hallábase apenas iniciada la estación en que más propicia se presenta la caza del jabalí y, por primera vez, pensé en cobrar una de estas grandes y en verdad temibles piezas. Hasta aquel momento se me hacía dura la empresa y no desdeño la posibilidad de que contribuyera a ello el haber oído desde muy niño innumerables historias que narraban siervos y villanos y aun algún soldado. Decían que el jabalí no debiera tocarse y aún menos matarse. Picado de curiosidad presté atención a estas creencias y al fin un poco por un lado, otro poco por otro, llegué a entender que esta prohibición nacía de un miedo más oscuro que el de la propia muerte. El jabalí -y especialmente el de pelaje de oro- era mitad sagrado, mitad criatura infernal. Pero, en todo caso, tratábase de una criatura sobrenatural, solía acompañar, solía acompañar por bosques y praderas a la esencia, fuerza o quizá dios -sin duda ya muerto, o al menos enterrado por la fe de Roma- proveedor de la fecundidad. Descubrí más tarde, en las medio quemadas inscripciones o signos que cubrían ciertas estacas hincadas en los huertos, el contorno más o menos reconocible de un jabalí. Y en ocasiones llegué a vislumbrar, pendiente del cuello de algún campesino, el colmillo de uno de esos animales.
Pero aunque estas cosas despertaron en mi ánimo un cierto malestar, tiempo después deseché estos recelos. Fui en busca de mi presa con verdadera emoción y liberado de esta clase de suspicacias.
El día que alcancé a uno de estos animales, quedé casi enajenado en una suerte de íntimo y jubiloso placer, que me tuvo largo rato inmóvil, contemplado la fiera. Era en realidad un cachorro, mas, precisamente, de pelo dorado. En último estertor, emitió un sordo bramido: por entre los colmillos brotó un río diminuto y rojo, que me exaltó hasta gemir, a mi vez. Fue un día importante para mí. Deshollé y vacié de sus entrañas al animal, tendí a secar su piel y al fin arrojé a un pequeño declive la cabeza y el verla rodar me produjo una desagradable sensación.Luego de cuartearlo, así una pierna y saboreé su carne. Era en extremo sabroso, aunque durísimo.
Ocurrió el hecho de la siguiente forma: hallábase apenas iniciada la estación en que más propicia se presenta la caza del jabalí y, por primera vez, pensé en cobrar una de estas grandes y en verdad temibles piezas. Hasta aquel momento se me hacía dura la empresa y no desdeño la posibilidad de que contribuyera a ello el haber oído desde muy niño innumerables historias que narraban siervos y villanos y aun algún soldado. Decían que el jabalí no debiera tocarse y aún menos matarse. Picado de curiosidad presté atención a estas creencias y al fin un poco por un lado, otro poco por otro, llegué a entender que esta prohibición nacía de un miedo más oscuro que el de la propia muerte. El jabalí -y especialmente el de pelaje de oro- era mitad sagrado, mitad criatura infernal. Pero, en todo caso, tratábase de una criatura sobrenatural, solía acompañar, solía acompañar por bosques y praderas a la esencia, fuerza o quizá dios -sin duda ya muerto, o al menos enterrado por la fe de Roma- proveedor de la fecundidad. Descubrí más tarde, en las medio quemadas inscripciones o signos que cubrían ciertas estacas hincadas en los huertos, el contorno más o menos reconocible de un jabalí. Y en ocasiones llegué a vislumbrar, pendiente del cuello de algún campesino, el colmillo de uno de esos animales.
Pero aunque estas cosas despertaron en mi ánimo un cierto malestar, tiempo después deseché estos recelos. Fui en busca de mi presa con verdadera emoción y liberado de esta clase de suspicacias.
El día que alcancé a uno de estos animales, quedé casi enajenado en una suerte de íntimo y jubiloso placer, que me tuvo largo rato inmóvil, contemplado la fiera. Era en realidad un cachorro, mas, precisamente, de pelo dorado. En último estertor, emitió un sordo bramido: por entre los colmillos brotó un río diminuto y rojo, que me exaltó hasta gemir, a mi vez. Fue un día importante para mí. Deshollé y vacié de sus entrañas al animal, tendí a secar su piel y al fin arrojé a un pequeño declive la cabeza y el verla rodar me produjo una desagradable sensación.Luego de cuartearlo, así una pierna y saboreé su carne. Era en extremo sabroso, aunque durísimo.
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