1 de abril de 2009

Juan Cuesta Barrio | Segovia, 1975

TESTIMONIO SOBRE CASANDRA

Mi nombre Ixíon, mi padre Teucro, mi pueblo los espartas, mi oficio general de los ejércitos del rey, este es mi testimonio sobre Casandra.

En su momento, hace ya muchos años, negué, negué con terquedad haber conocido a Casandra, pero claro que la conocí. Después de tanto tiempo los recuerdos se mezclan en mi cabeza, pero este permanece nítido y fresco, casi sonoro, como un manantial.

La envidia de los hombres, de mis compañeros y amigos al fin, me había condenado, después de un pesado juicio plagado de falsedades, y mediante pública sentencia, al ostracismo debido a unos hechos poco claros sucedidos durante la campaña de la Cólquide. No es el momento de aclararlos ahora ni tampoco el de lavar mi honor, tan maltrecho. Ya nada importa de todo aquello.

Di asilo a Casandra, por propia voluntad, en mi villa de Nea Makri, a orillas del Egeo plateado, donde dada mi condición de público apestado, nadie osaba acercarse.

Ella alivió mi destierro y me trajo noticias frescas. Venía huyendo, aún sin parecerlo, de Apolo, el dios vanidoso. Él le había concedido lo que prometiera darle, y ella, también caprichosa y ufana de su poder, se había hurtado después a sus manejos, a los requerimientos de su voluptuosidad, y creía posible escapar a su destino.

Ni siquiera yo sabía entonces, a mis años, que a nadie le es dado escapar a su destino, y menos si el destino adopta la forma terrible de dios.

Pasó conmigo lo que va de una luna nueva a la siguiente; compartimos el vino granate de esta tierra, tan seco, los higos de Corinto en su sazón, las almendras amarguillas, las olivas pequeñas y duras, como dos viejos amigos conscientes de disfrutarse mutuamente, acaso por última vez.

Conservaba aún la rara turbación de su sonrisa, sus ojos penetrantes y sus negros cabellos indómitos, pero ya se aquilataba en su rostro el tenue rastro de la tribulación y la sombra insidiosa de la edad y su devastación.

Quise contribuir a su belleza con el regalo de una rara diadema de oro, proveniente quizá de alguno de los saqueos de las tierras de más allá del Helesponto, que guardaba en un arca de madera de olivo; pero ella, digna hija de reyes, la rechazó con un solo gesto de la mano. Jugueteo con esa joya mientras escribo este testimonio, y advierto que el oro de la diadema conserva el mismo brillo que la figura de Casandra en mis evocaciones.

Durante su estancia, prolongada con pereza, casi con acidia, apenas hablamos de las tensas relaciones, litigios, dimes y diretes que su ciudad mantenía con el resto de las polis griegas, todas tan envanecidas, todas tan lejanas a mi.

Pero precisamente de esas relaciones, y de lo que Casandra había deslizado, o de lo que yo preguntaba y ella contestara, de sus medias palabras y sus silencios completos, hasta en esas intimidades vinieron a interesarse los delegados del rey de Esparta. Se habían dirigido a mi casa movidos quizá por la delación de alguno de mis sirvientes, pero en todo momento negué que Casandra hubiera pasado nunca por allí, y lo negué con más ahínco cuando reparé en la obstinación de perros de caza que mostraban tras su rastro, como el perro que huele la presa y quiere hacer mella y presentarla al amo, ufano de su triunfo vicario, de ser el medio mostrenco para que el cazador cobre una buena presa que llevar al banquete.

Por eso no tuve empacho en negar, en confundir, en hurtarle la presa al soberbio rey de Esparta, que incluso después de caída Troya, quería hundir en el fango la memoria de los que la habían defendido de obra o de palabra. Para los vencedores nada es nunca suficiente, todo se les debe.

Creo que usé, en defender a Casandra, el poco crédito que me quedaba, e ignoro si eso sirvió para que me creyeran, o simplemente hicieron como que me creían y se marcharon veloces a acabar de hundir mi figura ante el rey de Esparta, ávido de vidas, haciendas y muertes.

Pero qué podía perder, viejo y apartado. No quise participar en esa investigación fraudulenta, ante aquellos oficiales cerriles, porque estas averiguaciones y componendas o discutinios han sido siempre insufribles para mi, persecución del mal en sí mismo, maldad estéril.

Casandra se marchó de mi casa, casi al alba. Solo aceptó la compañía de uno de mis criados, pero sospecho que más como entretenimiento que como protección, pues se creía inmune.

Su pretendida inmunidad le acompañó y le sirvió para poco, ya que Apolo dio con ella cerca del puerto de Megaras y ni siquiera le habló; estaba tan cegado por la ira, por la impaciencia de la venganza, que descargó sobre ella su furia como un nublado y le arrebató el don de la persuasión.
A cambio, como una broma, le dejó el de la adivinación: todo lo que adivinara sería cierto, pero nadie la creería a partir de entonces, y eso precipitó sus pasos, pues ella deseaba ser creída, tener en la palabra su más alta prenda.

Se encerró en si misma, sin saberlo se fue instalando poco a poco, en la figura de pitonisa delirante y afrentosa que tan a la perfección asumió en los últimos días de Troya, esos días de tan amarga memoria.

No estuve en Troya, en aquellos últimos días aciagos en que la vieja Ilíon se vino abajo con todo aquel concurso de hombres, pasiones y dioses desenfrenados. Quizá exagero, pero ¿qué afrenta no proviene de aquélla oprobiosa caída? ¿No encuentran acomodo en la traición de Troya todas las perfidias, las iniquidades, los torcimientos?

Los años largos que me tocan vivir restan intensidad a mi pensamiento: vivo mucho pero con poca intensidad, es ese el precio de lo que Casandra me profetizara tan acertadamente la noche antes de marcharse. Ella había entrado en uno de sus trances oscuros, profundos, había derramado las copas de vino tinto en la tierra, a modo de sangre, de augurio. Hasta parecía que las estrellas vacilaban en su brillo en lo arco del firmamento, o acaso es que siempre tiemblan así, como candelas, y uno tiende a darle a la naturaleza un papel de participación en los acontecimientos de la vida.

De pronto, habló, con una voz que provenía de más allá del tiempo y del espacio: "conocerás el fulgor de las noches innúmeras" y cayó, desmayada.Trastabillé en el atrio, me temblaron las manos y ninguna palabra acudió en mi auxilio. La creí, no podía ser de otra manera. Acertó. Ni siquiera ya cuento las noches.

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Melusina nació como un divertimento que envío cada semana a mis amigos, desde 2002. Es muy simple: un texto mío que introduce a una poesía que, en teoría, tiene que ver con el texto. Lo más importante: ¿por qué 'Melusina'? Si te interesa saberlo, lo mejor es que leas el libro "El unicornio" de Manuel Mújica Láinez, que lo explica mucho mejor que yo.