Eva Cassidy es hoy una vocalista clásica, pero a su muerte casi nadie la había conocido más allá de Washington DC. Dotada de una voz prodigiosa y de una forma muy singular de tocar la guitarra, estaba también dotada de una timidez patológica, congénita, que en ocasiones le impidió salir a cantar en alguno de los clubes de carretera del cinturón de circunvalaciones que rodean la ciudad de Washington, donde se ganó la vida junto a su marido, Chris Biondo.
Eva renunció a contratos jugosos por mantener su especial estilo, al que le querían hacer renunciar. Nunca tuvo la menor ambición profesional, cantaba como respiraba y de su voz podía hacer, si quería, el instrumento único que sabía que poseía. Un cáncer de piel tuvo a bien llevársela cuando contaba 33 años. Qué lastima.
A la labor de Biondo, y de dos periodistas musicales se debe que las canciones de Cassidy, prácticamente solo versiones, no hayan caído en el olvido, y que a mi me estremeciera en un agosto de hace dos años con un estremecimiento que aún hoy continúa.
...
EDÉN
Entre los mil hedores
de cáscaras añejas, de mal roídos huesos
y astillas de cristal amanecido,
entre la araña inmóvil de la mugre
o el vuelo sordo de un insecto,
sobre una cima irregular,
respirando abyección
y devolviendo música en su aliento,
la malherida rosa azul de siete pétalos
durmiendo.
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